
Me defino perro, en parte por lo tosco, tanto de cuerpo como de mente;
me defino perro
porque me gusta quedarme mirando el fuego,
porque me gusta trotar por ahí
olisqueando y explorando todo.
Me defino perro porque, aunque soy más vegetariano que carnívoro,
los jugos de la carne me enloquecen de placer y me nublan la vista de voluptuosidad.
Me defino salvaje perro porque una vez me convertí en uno, aunque no lo crean,
y no es metáfora;
-en realidad fueron dos veces, pero una no cuenta porque puede haber sido una alucinación- .
Me defino perro porque, no obstante lo inmensamente humilde y fiel que puedo ser,
tengo unos arranques de orgullo enceguecedores, a niveles satánicos y suicidas.
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