En busca de mejores vientos subí una vez un cerro de tres mil doscientos metros de altura sobre el nivel del mar, más allá del límite de las nieves.
Avenida "Grecia" al fondo al final, caminando hasta que el pavimento y las poblaciones se acaban. Potreros de pastizales y cuesta arriba; cansancio y calor, quebradas extrañamente verdes para la zona, se cruza un zorro y más allá un conejo; siguiendo el arroyo, escalando la casi vertical de escalones y piedras.
Cerro "Abanico" y descanso y luego seguir subiendo la tarde de agobio y de miedo a caer por los acantilados de color rojizo azulados. Cerrar los ojos, mirar el suelo y seguir con la vista hacia la cima; hasta que se llega y ahí estamos, cima del San Ramón, 3200 metros de altura sobre el nivel del mar, en territorio de nieves.Era verdad, hay una laguna allí en la cima como lavatorio elevado en el cielo, un mundo propio con sus propios tiempos, sus propios mares, sus puntos de vista alternativos. No me equivoqué, allá si soplan vientos de verdad, de los buenos y en la noche (porque pasé la noche allí a 3200 metros de altura) los vientos hablan, parecen decirnos cosas, silvan canciones, tétricas canciones disfrazadas de siniestras, pero que si se escuchan con atención, son bellas canciones. No es preciso poner música para sentirse acompañado en la montaña.
De arriba, desde los tres mil 200 metros, se ve Santiago, la ciudad sin viento; se ve en toda su extensa y nublada magnitud. Desde la cima del San Ramón me burlé de Santiago un día, mientras lo miraba y me daba el viento en la cara. Comprendí que Santiago era otro país, con otra gente de raza diferente, con otra cultura, con otros colores, con un idioma y con un tiempo distinto; sólo en ese instante, -y recién ahí y a pesar de todo lo que había predicado hasta el momento en mi vida- caí en la cuenta de que se trataba de una gran burbuja enajenada del mundo y del universo entero y me pregunté por qué no había nadie viviendo allí en la cima.
Me sentí bien a 3200 metros de altura sobre el nivel del mar y, aunque no vi el mar desde allí, me sentí mejor viendo los aviones volar debajo de mis pies. 